El Mocán, Los Realejos, meditación

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Los Realejos, Tenerife, desde El Mocán (Foto: L. Trujillo Casañas)

Hay un cementerio en lo alto de un declive, al amparo del Macizo de Tigayga. Es un pequeño camposanto que se apretuja en filas de nichos en un espacio en el que va quedando poco de los antiguos jardines. Es una despedida emocionada, aparecen en serie unos recuerdos, unas querencias hacia los seres que se van hacia la nada o permanecen mientras se retienen en la memoria.

Mirando desde El Mocán se destaca el perfil de Los Realejos, con el nombre en plural porque fueron dos, hace tiempo, antes del acuerdo de la unificación municipal en los años cincuenta, me parece. Los Realejos tiene historia grande y aporta mucho a Tenerife, es donde vió la luz Joseph de Viera y Clavijo (1731-1813), nuestro más destacado, inmenso, cronista.

La vinculación al sitio en el que se nace es algo inevitable, atávico. Estamos atados a la tierra mientras podemos caminar con nuestro cuerpo y nuestra historia a cuestas. Cuando las fuerzas se agotan y el complejo que llamamos  vida, que se incorporó en el nacimiento, se para para siempre sin aliento, se levanta en un vuelo hacia la nada, participando en una gran metamorfosis alojada en el globo terráqueo, como un eco que recorre en el caso de una isla, los manantiales entre cañaverales, las laderas, los horizontes azules de la lejanía, en definitiva, en el todo que llamamos nuestro mundo.

 

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2 respuestas a “El Mocán, Los Realejos, meditación

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