MUELLES DE SANTA CRUZ DE TENERIFE

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Muelle de rivera con el fondo del macizo de Anaga (Foto: Leandro Trujillo Casañas)

Tengo la impresión, seguramente algo interiorizado desde mi niñez, de que los puertos de Santa Cruz evocan tristemente otros tiempos ya antiguos. Las imágenes recuperadas desde la memoria nos trasladan a la época de la diáspora canaria hacia sudamérica, de forma especial a Venezuela. Eran muchos jóvenes, casi siempre hombres, que se aventuraban a emigrar sin un rumbo fijo o una meta concreta, huyendo de las carencias que se padecían en los años grises de la posguerra, guerra civil y segunda guerra mundial. La mayoría de los emigrantes procedían de los campos de la Isla, las familias se sacrificaban para facilitar la compra de un pasaje que se interpretaba como un salvoconducto para una mejor vida soñada, sueño que en la mayoría de los casos no llegaba a cumplirse.

Las imágenes de los grandes barcos atracados a estos muelles que partían o regresaban atestados, se presentan como un sueño, o como una especie de película,  para dejar cierto sabor salobre por la nostalgia. Con sus maleta al hombro subían por las escalas tendidas sobre los muelles. Las llegadas de estos grandes buques (españoles, italianos, franceses y portugueses) convertían los espacios portuarios adoquinados en improvisados mercados con grandes muñecas andarinas, chaquetas de cuero, pañuelos y otros objetos que eran adquiridos como regalo para sus familias. Era el momento también del cambullón y de los trueques casi siempre secretos.

La farola del mar en todo momento como testigo de estos movimientos, dotada de personalidad, parecía que contemplaba con superioridad todo lo que ocurría en su reino marítimo golpeado por el oleaje con ecos, en mis recuerdos significaba  muchos más que un faro, en realidad me parecía una especie de diosa situada en su trono portuario. Vuelvo con frecuencia al puerto, muchas veces porque siento una extraña e irresistible atracción, y observo con sorpresa que lo que veo se sobrepone a aquella imagen antigua que conservo en mi interior, las dos conviven, las dos se dan la mano, mientras el tiempo sigue pasando, como decía Arturo Maccanti, lentamente.

 

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